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miércoles, 12 de octubre de 2011

VOLVER de Elbio Lexchik

                                               VOLVER
No es de los primeros en despertarse, pero apenas comienzan los movimientos en la casa, su liviano sueño huye y su primera impresión matinal lo repugna nuevamente. No se acostumbra a ello, lo rechaza, lo aborrece. Llama por ayuda, pero esta se tarda. Nadie está a su entero servicio, sino que cada uno en lo suyo aparta de su tiempo para atenderlo, pero como casi siempre a esta hora la mayoría duerme, no quiere elevar la voz.
Es difícil acostumbrarse a depender de la buena voluntad de los demás, depender de ellos para que le preparen los alimentos, le laven la ropa y lo lleven al hospital de día. Todos trabajan y nadie puede quedarse de continuo a su lado.
-¡Buen día a todos! –dice con voz pausada al ingresar al hospital.
-¡Buen día Carlos! –le responden los de más cerca.
Y llega a su lugar. Ya tiene ese espacio reservado en exclusividad para él. No porque haya pagado o se lo asignaran por concurso público, sino porque es uno de los más antiguos allí.
-Deja que acomode tu mochila aquí –le dice un asistente.
-Gracias –le responde.
-¿Podrías traerme el libro, el –jadea- libro que –jadea nuevamente-  que estaba leyendo ayer? –le solicita con casi un hilo de voz.
-Recuéstate –le indica el asistente mientras le acomoda la cabeza y los pies– respira tranquilo y trata de relajarte –le indica.
Su estado general de salud no empeoró notoriamente, pero su vieja afección cardíaca lo ha invalidado casi totalmente. No puede hacer ningún tipo de esfuerzos  y lo cuidan tanto que los suyos han llegado hasta el punto en que no le dan ninguna noticia que pueda afectar sus sentimientos, pues toda la familia teme que su corazón no lo soporte. Pasaron treinta y ocho años desde su primer infarto y ya es bisabuelo, pero nunca ha podido alzar a sus nietos ni jugar con ellos y menos con sus bisnietos.
-Mis nietos –dice en voz baja y recostado mientras sus ojos se llenan de lágrimas– Dios, son bellos, y sus pequeñines son reflejo de tu hermosura –susurra una oración entre labios mientras se tranquiliza– yo no los puedo abrazar ni llevar en andas, pero tú sí lo puedes hacer. Llévalos en tus brazos y no los dejes caer –le suplica al Todopoderoso en un silencioso llanto entrecortado.
-¿Quieres ser sano, Carlos? –le pregunta.
-He hecho todo lo que pude con estas mis fuerzas que hoy no son ningunas –responde con la sonrisa y el bullicio de su familia aún en su mente– pero la salud me es esquiva.
-Carlos, levántate y ve a tu casa –le ordena.
Su familia desapareció de su mente al mismo tiempo que logró entender el diálogo que mantenía con…
-¿Quién me habló? –preguntó a sus amigos.
Pero estos estaban cada uno en sus actividades y no prestaron atención a su pregunta y el personal entraba y salía cada uno al ritmo de sus actividades. Su corazón explotaba en su pecho, pero no le dolía. Tomó sus cosas, las metió en su mochila y ante la atónita mirada de todos se la cargó a su espalda y apuró el paso hacia su casa.

AUTOR: Elbio R. Lezchik
Eduardo César Belloccio

viernes, 12 de agosto de 2011

ELBIO RUBEN LEZCHIK

Elbio Rubén Lezchik, socio de la S.A.D.E. Filial Villa María. Nació en Rosario y hace quince años que reside en la ciudad de Villa María.
Diplomado en Gestión Gerencial en el I.C.D.A  de la Universidad Católica de Córdoba.
Cursa actualmente estudios universitarios.
PUBLICAMOS HOY DOS DE SUS OBRAS


MI SUEGRO

Hombre de campo, ese es mi suegro.
Pero no de campo como se los pinta en los poemas del folclor argentino,
O del cual se dice: dale, engañale que es del campo.
No.
Sino hombre de valores,
Hombre de palabra,
Hombre de trabajo,
Hombre de amigos.
En su Theobal natal, la tierra de los surcos llenó sus pies.
Allí aprendió otro idioma aparte del de su casa.
Aprendió el cultivo de la papa,
El maíz y los forrajes.
A jugar a la payana,
A vivir en campos ajenos
Y dormir en catres prestados.
Compitió para ver quién hacía los surcos más derechos.
Soportó las plagas y el granizo.
Creció.
Dominó los caballos abriendo la tierra con el arado a mansera.
La helada cuarteó su piel.
La primaria fugaz,
Las rodillas desnudas de su adolescencia,
Las responsabilidades de hijo, hermano y varón
Lo apuraron hacia la vida, esta vida.
Hijo de inmigrantes, supo mezclar sus raíces paternas
Con lo argentino.
Las historias de una tierra que nunca conoció
Con las de chacras, boliches y aparceros.
En su pecho se guardan todos los recuerdos:
El servicio militar,
Servicio donde decidió aprender a amar a la Argentina
Haciendo honor a la fecha de su nacimiento,
El día de la patria.
         Bombas argentinas matando argentinos en una plaza tomada,
         El sonido de la sirena para ver salir a su amada.
         Los pinos plantados junto a su descendencia.
         La mesa larga
De su querencia.
Suegro, mi querido suegro,
De tu sangre tengo a mi amada,
De tu misma sangre, mi manada.

AMANECER

Está oscuro, siempre está oscuro.
-¿Dónde están mis zapatos? -dice tanteando el piso debajo de la cama- Aquí están, bien. Estos niños pasan pateando todo -murmura por lo bajo.
-¿Pasa algo? -pregunta su esposa.
-No mi amor, todo está bien. Descansa un rato más. -Está oscuro. ¿Acaso nunca acabará esta situación?, piensa.
Toma su ropa y se viste. No tiene inconvenientes pues siempre la dispone en el mismo lugar.
Camina.
Uno, dos. Un poco a la derecha. Uno, dos. A la izquierda. Oye la respiración tranquila de sus hijos. Todo bien. Uno, dos, tres, cuatro. El agua que cae dentro del depósito del inodoro le indica el baño. Entra.
Frente a un inútil espejo que no le devuelve ninguna imagen se lava el rostro y se lo imagina. Tampoco hay reflejo alguno en el agua. Las gotas que caen de su barba no hacen círculos concéntricos. Todo es estático.
A su izquierda está la toalla. La toma, se seca la cara y la coloca prolijamente en su lugar.
Peina sus cabellos hacia atrás, es más fácil. Siempre se imagina su peinado. Sus cabellos son rubios, o castaños, o negros. ¿Tal vez pelirrojo? Hoy tiene ganas de que sean castaños.
-¿Cómo es el color castaño? –dice- De niño me decían que mis cabellos eran muy rubios, como el trigo maduro.
No desayuna, no porque no sepa prepararlo, sino que tiene miedo. Una vez golpeó el sartén con aceite caliente y estuvo a punto de incendiar el apartamento donde vivían en el block central del condominio estatal.
Toma su bastón de aluminio blanco. No usa perro lazarillo porque lo domina a la perfección. Para salir de su casa baja las cuatro escaleras, es claustrófobo, no usa el ascensor, y pisa la vereda. Sigue oscuro, pero siente la tibieza del sol en su mejilla derecha. Lo enfrenta y camina esquivando las puertas de los comercios recién abiertos y una mesa con sombrilla que el dueño del café al paso de la esquina ubica todos los días, a veces lejos, a veces cerca de la pared.
Gira a la derecha.
Los seis charcos de esta cuadra siempre se forman en el mismo lugar, y teniendo en cuenta qué tanto ha llovido la noche anterior, adivina lo ancho y lo profundo de cada uno de ellos. Para eso sirve el bastón, se puede saber qué tanto se le hundiría a uno el pie si pisara el barro.
En ese camino los aromas de frutas y cebolla le sirven de guía; ya se acerca la casa con el perro que se siente amenazado por el bastón metálico que golpea el piso. Al pasar frente a él finge que no le importa, pero luego ladra estrepitosamente, de tal modo que siempre le hiela la sangre. Lo sabe, pero no puede superarlo.
La voz robótica le lee sus emails. Un teclado en lenguaje táctil le facilita la escritura. Una impresora especial llena la hoja de papel de puntos de alto relieve.
Por el ruido de sus pasos, sabe quién se acerca y quien sale de la oficina.
Carla cambió de perfume, piensa.
Pura rutina. Siempre oscuro.
Su familia se va acostando en distintos horarios. Lo normal en cualquier familia. Él se queda un rato en silencio hasta que se duerme, no recuerda haber soñado alguna vez algo. ¿Con qué soñar? Sus oídos, su olfato y su tacto le brindan información. ¿Cómo lograr soñar algo con esa información? Quieto en su lecho repasa lo que leyó hoy en un spam, se dice que llega a la ciudad, que a media mañana se lo espera.
Al salir de su casa no gira a la derecha, sino que se dirige hacia la terminal. Lo sorprende, aunque debería haberlo imaginado, una multitud que también lo espera. Con su bastón no logra que le concedan alguna prioridad.
-¡Allí está! -grita alguien.
-¿Dónde, dónde? -grita otro.
-¡Allí, allí! -dicen a coro y se produce la corrida. Hay amontonamiento y apretujones. Alguien se cae y lo pisan. Nadie se detiene.
-¿Dónde está?  -Suplica a gritos.
-¿Dónde está? -repite, pues la reacción de la gente lo desorientó y no sabe hacia dónde dirigirse.
La oscuridad lo rodea, pero logra orientarse y también corre.
-¡A mí! -grita a todo pulmón- ¡Por favor, a mí!
Una mano de tenaza se cierra alrededor de su brazo y lo empuja hacia delante. Pierde su bastón. Choca contra un muro de personas que no le ceden con facilidad el paso. La mano firme lo empuja más adelante.
Y lo escucha.
-¿Qué quieres que te haga?
-¡Que reciba la vista! -gritó.
Y amaneció su primer día....
©2011Elbio Rubén Lezchik